"Y muy de mañana, el primer día de la semana, vinieron al sepulcro, ya salido el sol" Marcos 16:2

Imagina lo que sería si nos acostáramos una noche sabiendo que el sol no saldrá a la mañana siguiente. Piensa en el frío, la oscuridad sin fin, las inevitables garras de la muerte que, poco a poco, recorrerían toda la tierra. Las plantas secarían, las flores se marchitarían, los árboles morirían y todo lo que vive perecería por falta de luz solar.

Pero ¡bendito sea Dios! El sol sale todos los días; su cálida luz, que da vida, inunda la tierra. A la "muerte" de una puesta de sol le sigue la "resurrección" del amanecer del siguiente día, y nuestra esperanza se renueva. Todas las mañanas, los rayos solares nos recuerdan que la larga noche del pecado y de la oscuridad darán paso al día eterno en el cielo.

Más segura que la salida del sol por la mañana es la certeza de nuestra resurrección en Jesucristo. La oscura noche de la muerte cayó sobre Él y Su cuerpo sin vida fue puesto en la tumba. ¡Pero resucitó! Y en  Su resurrección está la promesa de nuestra vuelta a la vida. El apóstol Pablo declaró: "En Cristo todos serán vivificados" (1 Corintios 15:22).

La próxima vez que veas salir el sol y mires sus rayos que iluminan el cielo de la mañana, deja que tu corazón se llene de esperanza. ¡Es un recordatorio de la certeza de tu propia resurrección!.

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